Al acercarnos a la pista de aterrizaje, ya en Windhoek, empezamos a ser conscientes de la inmensidad de los espacios en este pais tan poco poblado. La sensación se irá confirmando en los siguientes días, cuando conduzcamos durante horas entre planicies enormes con la única compañía de avestruces, oryx, springbocks...
Pero antes hay que pasar el pesado control de pasaportes, encontrar nuestro transporte a la ciudad, cambiar dinero, comprar una SIM... un poco de caos en el aeropuerto para empezar.
Y eso no es nada. Tras recoger los coches nos metemos en el tráfico de Windhoek para recorrer 2 manzanas y echar gasolina ¡en un coche con el volante en el lado incorrecto! Nos costó un triunfo cruzar una calle ancha para acceder a la gasolinera sin chocar con nadie. Es más fácil pasar sin tocarse con otro en los coches de choque.
Por fin echamos gasolina y programamos el navegador, aparato indispensable si quieres llegar a sitio civilizado. Pero ya era muy tarde. La recomendación principal era: no conduzcas tras la puesta de sol. Puede cruzarse cualquier bicho.
Dicho y hecho. Nada más salir de la ciudad y enlmpezar con la pista de arena, un grupo de 4 oryx corriendo a nuestra derecha, después a nuestra izquierda... hasta que conseguimos adelantarlos.
Se puso el sol, noche cerrada y velocidad máxima 70 km/h. En total, tardamos unas 3 horas en llegar al Corona Guest Farm, que supuso un oasis para acogernos la primera oche en Namibia. Parece mentira que puedan cocinar con tanto gusto en el fin del mundo una cena que nos supo a gloria.
domingo, 17 de agosto de 2014
11 agosto. Caos!!!
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